
En el Río Grande de La Magdalena, sus sinuosidades arrastran la fuerza de milenios. En el vaivén de sus aguas turbias, se entrecruzan historias de pueblos originarios, colonizadores, pescadores, campesinos, navegantes y aventureros. Ese río serpenteante que forma un valle entre las cordilleras Central y Oriental, atraviesa con su recorrido contradictorio, fértil y doloroso más de veinte departamentos.
En Magdalena, Mario Vélez evoca al río y lo reinterpreta desde su propio lenguaje plástico. Sus formas características como los óvalos, huesos y cuerpos orgánicos emergen sobre dos planos pictóricos que se entrelazan como trama y urdimbre. Cada obra posee una cartografía simbólica en la que se ocultan y revelan esas tensiones entre la indolencia y el deseo. Es un ejercicio de contradicciones, ya que en el ordenamiento de la retícula creada por la malla donde se cruzan los lienzos, es subvertida por Vélez al ser una ventana, una apertura hacia lo infinito de sus aguas, de su naturaleza y territorio habitado.
Las superposiciones y colores se traducen en ritmos que evocan lo femenino del río. Cada gesto, cada composición es deliberada, el azar no tiene cabida. Es así como, la paleta tropical de Vélez compuesta por naranjas encendidos, azules profundos, verdes intensos envueltos en púrpuras y violetas, no solo alude a la riqueza cromática del paisaje, sino que también reconstituye la intensidad afectiva del río: su vitalidad exuberante y su fragilidad amenazada. Vélez es como un cronista de otro tiempo, se adentra en el río para revelarlo, entenderlo, vivirlo y representarlo desde su mirada única. Este paisaje tácito, bajo la sombra de los caracolís, ceibas y guamos, árboles testigos de luchas y resistencias, contiene la huella del conflicto armado. Ese espectro que aún se posa sobre sus riberas.
Esta historia es reconocida por Vélez desde lo real y lo imaginario por medio de sus pinturas. Donde el río es espejo y herida, memoria y porvenir.
Texto y curaduría
Viviana Mejía